
D.R.
El Suspiro de un instante
Escribe:
Gustavo Hernández Larrauri
A veces
Cuando el tiempo pasa
Cuando se suspira
La vida empieza
La vida acaba
Sólo a veces
A veces pasa
La vía rápida
La vía rápida para suspirar un instante, es él poder respirar, se decía así
mismo Virgilio, envuelto en un mundo de borrosas visiones, en un mundo líquido
de transformaciones radicales. ¿cómo poder suspirar en un instante? Sí el viento
es demasiado fuerte y aun no estoy preparado ¿Cómo enfrentarme a un espacio de
gravedad?, Sí, precisamente, esa pueda ser la gravedad de la caída, se
preguntaba una y otra vez Virgilio, Como empezar a emprender el vuelo si aun no
sé volar, ni mucho menos planear ni navegar, como poder respirar sólo, tan sólo
un instante. Uno a uno llegaban los pensamientos que aterraban la mente de
Virgilio y comprendió tal vez lo mejor era empezar a existir.
Poco a poco empezó a salir del cascarón y respiro aire puro en un instante, más
en otro una borrasca fétida asqueó su primerizo sentido del olfato, el viento
que soplaba con fuerza a veces, con debilidad de vez en vez y no en una sino en
varias direcciones, fue el momento donde comprendió que a veces el aire no es
tan puro y la corriente sopla no en una, sino en muchas direcciones y cada una
lo llevaría a rumbos diferentes, esos que debería tomar uno a uno a fin de
comprender cual sería el mejor, pero para poder volar, primero tenía que caminar
y por primera vez sintió la textura de la tierra y comprendió que al igual que
el aire, la tierra lo podía llevar en infinidad de direcciones. Miro al
horizonte y pudo ver que esa estructura se transformaba en subidas y bajadas, en
pendientes muy sinuosas, en precipitaciones escabrosas y en planicies sin rumbo
fijo.
El acercamiento
Virgilio, se aterró aun más, dudó y exclamó, ¡ por que salí del huevo ¡ y por
primera vez sintió la necesidad de algo superior a él, cual luz de sendero le
iluminara su camino. Y así, envuelto en sus temores, comenzó el rumbo sin aún
tenerlo. Caminó y Caminó para comprender cómo volar, alzó su mirada y fijo la
vista en muchos objetos luminosos, objetos que alumbraban la penumbra, pudo
comprender que en la oscuridad la luz de esos astros, unos tenues, otros vivos y
otros más vivos, le podrían servir como guía para en encontrar un camino.
El rumbo sin rumbo
Prosiguió el rumbo sin rumbo y de pronto divisó algo radiante cual resplandor
inmenso se perdía en el horizonte, iluminaba poco a poco la oscuridad y en una
gama de diversas tonalidades mezclaba la oscuridad con lo luminoso, pudo
entender que existe un amanecer y entre lo oscuro y lo luminoso existen miles de
tonalidades cada una de ellas diferentes y que en el rumbo no todo es oscuro y
claro, sino que al igual que el amanecer existen miles de posibilidades de
rumbos y que no todo es blanco, no todo es negro, que algunas iluminan más que
otras y otras oscurecen más que otras, que unas queman más que otras u otras
enfrían más que otras, comprendió que existía un sol y una noche y que entre
esa noche y ese sol existen millones de variantes que estaban ahí, sólo bastaba
alcanzarlas y poder comprenderlas.
Virgilio, retomó el rumbo sin rumbo ya con un principio de visión. Caminó y
Caminó con el sol a cuestas. Por primera vez sintió algo que le atosigaba la
garganta, le atormentaba todo su ser, por primera vez sintió lo que es la sed,
más buscara lo que buscara no encontraba como calmarla, entendió que para
calmarla tendría que encontrar la forma de saciarla. Prosiguió su rumbo sin
rumbo, sintiendo en todo su ser que le imploraba calmarla. En su corto entender
no comprendía como apaciguarla. Miró en su entorno y buscó en las piedras, en la
tierra, en el aire, en la noche, en el sol, en las estrellas, en el camino que
había dejado atrás, escudriño en sí mismo, nunca consiguió saciarla. Tal vez un
poco, sólo un poco de calma. Retomó el rumbo sin rumbo y otra vez en el
horizonte, observó un resplandor cual bruma etérea salvadora se suspendía en el
aire entre la tierra y el sol, se elevaba cual visión efímera incomprensible
para él, corrió sin saber por qué, con las últimas fuerzas que le quedaban tenía
que llegar a esa visión. Al acercarse poco a poco, paso a paso, vio su reflejo
en algo a veces limpio, a veces turbio a veces cristalino, algo líquido que le
golpeó su mente cual vago recuerdo de su corta existencia, recuerdos no natos de
su ser, visiones líquidas de vida y fue ahí donde comprendió que el agua es
fuente de la vida y que para saborearla hay que entenderla y que para calmar
la sed hay que saciar el alma. Bebió, bebió por horas y horas hasta saciar su
sed, poco a poco todo su ser se calmaba de esa sed inmensa, tal vez por vivir,
quizás por reír, tal vez por llorar, quizás por gemir, o tal vez simplemente por
saciar su sed, quizás simplemente quizás.
Cuerpos etéreos
Se levantó, volvió a ver el horizonte, descubrió que esa bruma suspendida entre
el sol y el agua se aferraba a un espacio invisible, a veces de un inmenso azul
celeste, por momentos de un color grisáceo, a veces lleno de inmensos cuerpos
etéreos suspendidos en el aire con formas caprichosas, tan caprichosas cual
reflejo en su interior, que por medio de la vista llegaba a su pensamiento.
Comprendió que en aquellos cuerpos de formas volubles que reconfortaban su
interior se podría dejar volar algo jamás experimentado por él. La imaginación,
esas nubes podrían tener la forma que él quisiera, formas que sólo él podía ver
e interpretar, así también a través de ellos pudo levantar la vista y ver que se
desprendían gotas de agua, a veces muy Pequeñas, a veces con gran
precipitación, a veces en formas de copos blanquecinos e inmensamente fríos, a
veces esas gotas de agua se juntaban con el viento y arremetían con inmensa
fuerza en contra de la tierra y lo que estaba a su paso. Volvió a sentir miedo,
de la fuerza de la imaginación pasó al gran temor de sentirse inmensamente
pequeño hacia algo que él no comprendía y que por vez primera sentía,
experimentó dentro de su ser una gran incertidumbre, un torbellino de emociones,
ya que, después de la inmensa sed, paso a verse sumergido en una inmensidad de
agua y en un torbellino líquido de confusiones. Ahora le faltaba la
respiración, sentía desesperación al ver que con sus pasos no podía caminar, ni
sus ojos podían enfocar, y sus pulmones no podían respirar, ya que ese
torbellino era un inmenso océano. Pudo observar dentro de la inmensidad del
mar, dentro de la inmensidad de ríos y lagos la profundidad de su alma que tal
vez no alcanzaría ver jamás.
Una de esas gotas de agua lo sacó del mar, lo paseó por la inmensidad, una de
esas gotas de agua de blanquecino frío lo transportó por veredas y senderos
hasta llegar a una cúspide, una inmensa cúspide tan alta, tal alta que sólo él
podía ver, una cúspide tal alta que en ella podía ver pequeño el mar, que en
ella se podía acercar, tan cerca de esos astros que lo orientaron en la
oscuridad. Desde esa cima logro palpar cuán es tan grande el poder mirar tan
pequeñas las cosas, como tan grande es el poder caerse sin tocar fondo jamás. En
esa cúspide sintió por vez primera el inmenso frío, no el frío de los copos de
nieve, sino de la frialdad de las cosas, de esas cosas que a veces, ni con los
pies sobre la tierra, ni con la visión en profundidad, ni el olor de los
vientos, ni el color de los tiempos él podría sentir jamás.
El frío en la distancia
Virgilio, se sentó a esperar sin detener el tiempo, ya con la experiencia de
algo del vivir, razonó detenidamente y fijo la vista hacia el firmamento. Miró
hacia el infinito, comprendió que arriba de esa cúspide se podía ver
infinitamente la distancia pero entendió que con levantar la mano no la podía
alcanzar jamás. Razonó con la sed de la distancia, con el frió de lo distante y
con el correr del viento, esforzándose tal vez alcanzaría ese punto que con su
vista podía ver. Se levantó y se lanzó al abismo, cuando una ráfaga de viento lo
elevo por los aires y lo llevó dando tumbos de cúspide en cúspide, de barranco
en barranco, de subidas y bajadas. Sólo Pensó que no podría bajarse de esa
ráfaga de viento, que al igual que como una ola, tal vez dando tumbos lo
llevaría o lo alejaría de ese punto distante que divisó, por momentos quiso
evadir a esa ráfaga, quiso salir de ella, pretendió evadir el rumbo sin rumbo,
porque talvez no lo podría transportar a ese punto que él se fijó en el
infinito y el cual como ave empezaría a volar. Sin querer abrió las alas y
intentó aletear. Entre la fortaleza del viento y el frío del tiempo no lo
dejaban empezar a volar. Comprendió de golpe que aún no estaba preparado para
poder volar, que cualquier ventisca lo tumbaría y cualquier helada mañana lo
haría desistir. Se dejó llevar por esa ráfaga sin importarle si al punto fijo en
la distancia él pudiese llegar. Y así de tumbo en tumbo ésa ráfaga de aire le
fijó el rumbo sin rumbo que él aún no podía determinar.
Virgilio, confundido con los tumbos y más tumbos perdió el rumbo sin rumbo, y
así tirado entre la tierra, así empolvado y en el fango volvió a ver hacia el
horizonte, lo fijó detenidamente dándose cuenta que no podía avanzar, volvió a
sentir otra vez un inmenso miedo, ahora no lo comprendía, talvez no un recelo
que el no hubiera sentido al intentar volar, fue un miedo inédito, fue una duda
incomprensible, fue un miedo que en su corta existencia no había sentido jamás;
Talvez temor a la soledad, entendió que ni la ventisca, ni la sed, ni estar bajo
del mar, ni el subirse en una cúspide podría acabar con algo adentro, muy
adentro de su ser, comprendió que en sus aciertos y fracasos en alguien el
podría descansar. Por primera vez en su pequeño mundo, en el corto tiempo de
existencia, sin poder recurrir a las estrellas y sin alcanzar a comprender que
existía un ser superior, por vez primera necesito alguien igual, alguien con
quien compartir el olor y el correr del viento, la textura de la tierra con
subidas y bajadas, la incertidumbre de la sed, el agobiante frío de la cúspide y
de quién aferrarse al dar tumbos la ventisca.
La silueta de su ser
Virgilio, volvió a mirar hacía el horizonte, miró y escudriño, al igual que la
sed su cuerpo un día sintiera, buscó sobre la tierra, buscó entre las piedras,
buscó en el olor del viento, buscó en el correr del tiempo, buscó y buscó en la
inmensidad del mar. Miro desde la cúspide, se tiró hacia el abismo, y se dejó
llevar por la ventisca, escudriño y escudriño, más no pudo saciar su soledad.
Indagó dentro de sí mismo, levantó su vista a las estrellas, más no podía
acabar con esa la soledad. Se sentó, volvió a levantar la vista. Fijó su mirada
en el horizonte, y en lo lejano de la distancia una silueta pudo divisar, con lo
poco o mucho de su existencia no alcanzaba a ver a la distancia, más de una
forma lenta, poco a poco se acercaba más y más, poco a poco y con prudencia se
allegaba, sin entender lo que encontraba, si bien sabía lo que buscaba, a veces
saltaba, a veces gritaba, a veces caminaba o a veces rodaba, solo sabía que poco
a poco se aproximaba. Así dando tumbos se acercaba y al estar frente a frente,
comprendió que ni con él brillo de las estrellas, ni la inmensidad del mar, ni
la altura de un abismo, ni la profundidad del mar, entendería en plenitud lo
que se postraba frente a él, solamente entendió que nunca más estaría solo.
Virgilio, levantó la vista, miró hacia el horizonte. Comprendió que nunca más
caminaría en soledad; Sin embargo logró entender que su andar no sería para él
mismo. Se sentó, levantó la vista y miro hacia el horizonte, por segunda vez
volteó hacia atrás, volvió la vista al frente, miró sin rumbo fijo. Suspiró por
un instante, por vez primera se dio cuenta que el transcurrir el tiempo, su
infancia, al igual que un rayo pasó, volvió la vista nuevamente hacia el
horizonte, por más que avanzó y avanzó se percató que con el instante de un
tiempo su vida transformó. Cerró los ojos poco a poco y al abrirlos se vio
inmerso en mundo que a pesar de lo vívido no reconocía, era un mundo que como
aquellas nubes y las olas del mar se mecían con el viento, estaba inmerso junto
aquella silueta en un campo lleno de flores que se mecían al compás del viento,
era un mundo multicolor, con aromas y figuras que exacerbaban sus sentidos, era
un mundo maravilloso donde sólo con el bálsamo de lisonjas embriagaba sus
existencia, junto aquella silueta, cual sombra y reflejo de su ser, corrían una
y otra vez sin rumbo fijo en aquel campo inmenso. Corrían durante días, durante
noches, a veces fijaban la vista en las estrellas, a veces contemplaban
amaneceres, a veces escuchaban el susurro del viento cual murmullo cómplice, a
veces admiraban la gama multicolor de las flores, cerraron los ojos y al
abrirlos un instante, el viento los elevó.
El murmullo del viento
Virgilio, por segunda vez voló, se vio dentro en un ángulo igual al de aquellas
flores, durante días, durante noches volaron cual insectos, se dejaron llevar
por el murmullo del viento que cuchicheaba con ellas, volaron y volaron
libremente sin más límite de lo que su vida vivía, cerraron una vez más los ojos
y al abrirlos un instante elevaron su vista al cielo, juntos por primera vez
vieron las gotas de agua caer, una a una se mezclaban con las flores, una a una
se posaban poco a poco sobre la tierra, una a una, poco a poco a las plantas
reverdecía, Virgilio, miró hacia el cielo, bajó su mirada al suelo, fijó su
vista en el horizonte y por vez primera volteó a ver a su mano derecha, en
ella, aferrada dentro de aquella silueta cual viva imagen de su propio ser algo
reverdecía, no alcanzaba a comprender por qué su propio ser se conmovía, echó
mano del viento, echó mano del tiempo, echó mano de las estrellas, echó mano del
mar, echó mano de las cúspides, echó mano de su propia sed, echó mano de los
ríos, echó mano de los lagos, echó mano del camino andado y tal vez poco
entendió del porqué de su ser se estremecía, fijo la vista al rumbo sin rumbo y
al voltear a su derecha, vio que aquel ser al igual que él un retoño cual flor
de su vientre reverdecía.
El miedo
Virgilio, por volvió ha sentir un miedo aterrador hacia la vida, elevó la
vista más allá de las estrellas, sin saber por qué, al igual que en sus primeros
pasos elevó sus pensamientos a alguien muy superior a él, le pidió por vez
primera que le ayudara a entender el porqué de las cosas que aun no comprendía,
lloró, suplicó, reclamó, y no encontró contestación, tal vez la tuvo pero aun no
podía entender la armonía de las cosas, aún no estaba preparado para poder ver,
ni mucho menos el poder volar. Cerró los ojos, los abrió, volteó a su derecha y
divisó una silueta, al igual que la propia, estrechaba la mano de aquella
silueta que llenó su soledad, corrían y corrían por montes y valles aferrado de
la mano de aquella silueta, cerró los ojos y miró por un instante sólo para
sentir que aquellas gotas de agua ya no caían de aquellas nubes, sino que
rodaban sobre sus mejillas al salir de sus propios ojos, aquellos que por vez
primera viera a la oscuridad y a las estrellas; aquellos ojos que ni el miedo,
ni la incertidumbre los hicieron por vez primera llorar, los volvió a cerrar y
esta vez no los abrió, lo que quería es ver sin ver, suspirar sin poder llorar y
así caminar y caminar, sin abrir los ojos podía ver a esas siluetas cual reflejo
y semejanza de su propio ser, el poder correr y correr entre nubes, entre
estrellas, entre mares, entre toda la gama de colores, entre ríos y lagos, entre
vientos y entre el murmullo de las flores.
El sueño
Virgilio, esta vez no fijó el rumbo sin rumbo hacia el horizonte, esta vez no
abrió sus ojos ni en un instante, los dejó cerrados por un tiempo, soñando y
soñando cual sueño embelesado, con el sueño que por vez primera su alma
experimentara, y así poco a poco, paso a paso, entre lágrimas de felicidad poco
a poco, paso a paso los fue abriendo, levantó la vista y fijo el rumbo sin
rumbo, miro hacia el horizonte con un brillo intenso sobre sus ojos, emprendió
el rumbo sin rumbo, esta vez volteo a su costado y aferrado de las manos
aquellas siluetas emprendieron el rumbo, entre llantos, entre desenfoques, entre
ilusiones y desilusiones, caminaron y caminaron, durante días, durante noches,
entre estrellas, entre mares, arriba de montañas, entre la ventisca, entre todo
lo soñado junto aquellos de su lado. Por un momento a lo lejos pudo ver
siluetas, siluetas y más siluetas, aquellas que nunca había visto jamás. Caminó,
poco a poco, paso a paso se acercó.
La mesa
Virgilio, tocó la puerta donde veía aquellas siluetas, sin saber y poder
comprender tocó y tocó, después de un buen rato por fin alguien abrió, alguien
al igual que su imagen y semejanza se postro frente al él, le dijo pasa hermano,
pasa, Virgilio, su mano, su imagen y su misma imagen, pasaron poco a poco, tal
vez con algo de temor, algo que ellos no podían interpretar, dentro de aquel
espacio, vieron frente así, una mesa con varias sillas alrededor , la mesa era
de piedra, adornada con estrellas, ráfagas de viento y de una azul profundo como
el mar, bordeada de azul celeste como el cielo, alrededor habían varias sillas
una era de un resplandor inmenso, dorada igual que el sol, otra plateada cual
el brillo de las estrellas, otra café como la tierra, otra roja anaranjada,
otra era de un color grisáceo, otra más negra que la noche sin estrellas, otra
era de madera fresca, otra de madera podrida, otra de papel en blanco, otra de
siluetas diferentes aunque muy semejantes a la suya, otra pintada en forma
multicolor y otra que sólo reflejaba su espacio, Virgilio, por cuarta vez sintió
miedo, un pánico a lo que aún no podía comprender, su mente daba vuelcos al
igual que sus primeros pasos dentro de la ventisca. Uno a uno fueron pasando,
sin saber dónde sentarse, sin saber qué hacer, quiso probar, tal vez por
curiosidad, tal vez por necesidad, más bien por no arriesgar, no a él mismo,
sino a su mano, a su imagen y a su mismo rostro.
Las pruebas
Virgilio, aún indeciso primero se sentó en la silla dorada, experimento un
sentimiento de inequidad, de desigualdad, de poder, de ambición, sintió que
algo lo mareaba, que ese inmenso brillo lo deslumbraba y lo deslumbraba a tal
grado que su vista no podía ver, era algo que no lograba comprender, después de
dar vueltas dentro de su cabeza, sintió que con el brillo de ese resplandor
podía a la desigualdad convertirla en igualdad, a la ambición en sencillez,
experimentó que esa enorme fuerza que se traducía en poder, podría usarla para
construir y al igual de fuerza para destruir, sintió que lo que lo mareaba no
era ese resplandor, sino más bien lo que el mismo sentía con ese brillo que era
tan deslumbrante, eso era lo que más lo desequilibraba. Prosiguió a sentarse en
la silla plateada al igual que las estrellas, por un momento se sintió
transportado entre astros luminosos; sin embargo algo no estaba bien dentro de
él, al igual que el resplandor de la silla dorada lo cegaba inmensamente, lo
cerraba en su visión, escuchaba un campaneo de metal en su cerebro y por más que
su mente imaginara, no lo concebía más y más, sus sueños y la imaginación poco a
poco se desvanecían, entre su mente se fijaba una imagen más y más, esa imagen
material que poco a poco acaba con ellos. Se quiso parar por un instante pero
comprendió que con ese tintineo que golpeaba su cerebro y con ese mundo
material, usado correctamente esos sueños se podrían convertir en realidad.
Prosiguió a sentarse en la silla de color café, silla de color igual al de la
tierra que un día por primera vez pisara, al sentarse en aquella silla, sintió
la misma ansiedad que un día su ser en su garganta percibiera, se dio cuenta
que sin la tierra el no existiría jamás, que al igual que el vital líquido, la
tierra era fuente de vida, en el estaba cuidarla, conservarla, respetarla y
amarla al igual que aquellas siluetas que al igual que él era lo que más quería,
entendió que la tierra era el inicio de la armonía de las cosas, que vivía en
un circulo de vida entre el agua, la tierra y el aire; sin embargo algo le
ofendía.
Prosiguió a sentarse en la silla de color rojo anaranjado, y sintió que algo
en todo su ser le quemaba, ardía fuego en su interior, ardía todo su cuerpo, se
retorcía de dolor, sintió una sed inmensa, le faltaba el aire, quería correr
sobre la tierra. El fuego ardiente que lo quemaba cedió poco a poco, conoció la
implacable furia de dolor, entendió que para cerrar una parte del círculo de la
vida se necesitaban de los cuatro elementos, agua, fuego, tierra y viento. El
dolor laceraba en lo interno y en lo externo, que el dolor a veces venía de uno
mismo, a veces de algo externo y a veces por la combinación de ambos, así como
el ardor destruía las Entrañas.
Prosiguió a sentarse en aquella silla pintada de un tono grisáceo, al sentarse
su mente fue envuelta en una nube gris, como aquellas de formas caprichosas que
lo espantaban al inicio de su corta existencia, de ellas salían truenos y
centellas, relámpagos jamás antes vistos por él. No lograba concentrarse, no
podía ubicarse. Pensó por un momento que tal vez lo mejor sería dejarse llevar
por esas nubes, por momentos flotó y flotó, otra vez el rumbo fue sin rumbo, en
un abrir y cerrar de ojos, fijó la vista en un instante, se dio cuenta que
aquellas nubes, él mismo las provocaba, que la ceguera, que la falta de visión,
que la nubosidad, que aquellas formas grises, provenían de lo más profundo de su
ser, que era él mismo quien veía las nubes de esa forma y que estaban en él
para aclarar la visión, que sólo dependía en ver más allá de las cosas, que a
veces, los relámpagos, truenos y centellas, eran por su escasa vista, por no
lograr ver más allá de la distancia, que sí a veces lo tocaban y lo envolvían
era por que no sabía evitarlos.
Prosiguió a sentarse en la silla negra más negra que las noches sin estrellas,
en ella volvió ha sentir un inmenso miedo, por momentos esa negrura lo
alimentaba, por momentos esas tinieblas lo deslumbraban, empezó a inclinarse por
esa silla que le provocaba enormes sentimientos jamás experimentados, sintió una
fuerza descomunal que lo embargaba, lo que quería tocar lo alcanzaba, el fuego a
él ya no lo quemaba, la ambición a él lo llamaba, el viento por más que soplaba
no lo cimbraba, vio que innumerables siluetas a el lo adoraban, sintió que él
brillo de lo dorado a él lo iluminaba, creyó que las estrellas plateadas a él lo
buscaban; Más de pronto, sintió un inmenso golpe en su interior y vio que una
luz deslumbrante poco a poco se acercaba, vio una enorme lucha entre lo más
recóndito de su ser entre esa negrura de la noche sin estrellas y ese resplandor
que poco a poco avanzaba. Por momentos su corazón se agitaba, por momentos él
dudaba, sentía otra vez un inmenso miedo, sentía que su silueta poco a poco
flaqueaba, esa lucha entre la luz y la oscuridad de su ser, duro días y noches,
noches y días, tal vez años, tal vez lustros, tal vez siempre duró, más sólo
valoró que en su corazón una enorme fuerza creció y creció, vio un rayo de luz
más blanco que la nieve, sintió que su alma se regocijaba, sintió que su
espíritu se alimentaba, sintió que poco a poco de verdad a él nada lo tocaba,
comprendió que la fuerza de su corazón, aquel que hasta este momento de su vida
conoció, crecía y crecía más alto que las nubes, más alto que la noche, más alto
que los astros y más alto que todas la negruras de todas las noches, tal vez
tocó un poco de aquel ser más grande que todo lo creado, nunca lo vio pero pudo
palpar que de ahora en adelante caminaría junto a su silueta, a su mano derecha
y a su imagen y semejanza.
Prosiguió a sentarse en la silla de madera fresca, al afirmarse, su mente viajo
por montes, valles, selvas, bosques, tundras y desiertos, al igual que con las
flores, vio que todo reverdecía, que sólo le bastaba con levantar la mano y
agarrar el fruto que reverdecía, fruto que saciaba su hambre, no era el fruto de
su corta existencia, era el fruto que alimentaba su cuerpo, sólo bastaba
levantar la mano recoger aquellos frutos que hasta de los desiertos y tundras
poco a poco recogía, más de pronto todo aquello que reverdecía, frente a sus
ojos desaparecía, se desconcertó por momentos no supo que hacer, sintió dentro
de su ser un voraz apetito que a su cuerpo carcomía, comprendió que sí quería
ver reverdecer los montes y valles, tenía que cuidar su ambiente, sembrar y
cosechar positivamente, pues si sembraba mal, una mala cosecha obtendría,
comprendió que tenía que trabajar duramente para conseguir el fruto de cada día.
Prosiguió a sentarse en la de madera podrida, por momentos vio todas sus
acciones, sintió otra vez un miedo incontrolable ya que, esa madera que se
podría y podría, era la cosecha de lo que sembraría, no en la siembra de la
flora y sino en la siembra de la vida, con sus acciones erradas, la silla cada
vez se pudría y sí no cambiaba la siembra pronto esa silla ya no lo sostendría,
entendió por vez primera que lo que siembra en la misma vida es lo que
cosecharía.
Prosiguió a sentarse en la silla de papel en blanco, esa silla lo hizo sentir
muy frágil, tan frágil, que por más que quiso apoyarse, sentía que se
zarandeaba, sintió que al papel, lo elevaba el viento, el fuego lo quemaba en un
instante, el agua lo desmoronaría, pero había algo en el que lo llamaba, no
sabía el porqué, tomó una hoja en blanco y comprendió que en ese papel, todo lo
que su imaginación percibiera ahí lo plasmaría, que su fuerza radicaba en ese
espacio blanco donde su mente por siempre volaría, así en ese pequeño pedazo
de papel su vida podría escribir.
Prosiguió a sentarse en la silla de siluetas diferentes aunque muy semejante a
la suya, al colocarse dio de brincos, dio graznidos, dio aullidos, dio de
trinos, dio bufidos, dio maullidos, dio rugidos, dio bramidos, corrió, saltó, se
arrastro, voló, nadó. Por su mente pasó innumerables siluetas de todo el mundo
reinos que cohabitaban en existencia, reinos que representaban a la animalia, a
las moneras, a los protoctistas, a los fungis y a los plantae, palpó que eran
mundos paralelos a él, mundos que al igual que el suyo, coexistían en un
círculo de vida, entre la tierra, el agua, el viento y el fuego, mundos
equilibrados, que según el camino que él tomara ellos lo acompañarían, pero
debía de entender cómo conservar ese equilibrio, buscar la armonía ya que sí él
la desequilibraba ese circulo vital él mismo lo exterminaría.
Prosiguió a sentarse en la silla pintada en forma multicolor, al colocarse cerró
los ojos y en su mente pasaron cual relámpagos y centellas, una inmensidad de
colores, sonidos, símbolos, siluetas, espacios, movimientos corporales, formas
caprichosas de vida. Todos ellos regocijaban su alma, se acercó a las bellas
artes, entre sus sueños conoció de arquitectura, de escultura, de pintura, de
música, de literatura. Así mismo aprendió del teatro, de la danza, de la
literatura, del cine, de la fotografía, de la poesía, de la escenografía, rió
con la comedia, sufrió con la tragedia, se alimentó de la opera, su oído se
regocijo, con las voces de sopranos, de bajos, de tenores. de barítonos. Se
deleitó con la escala de música, con la escala cromática en la pintura y con lo
sublime de la escultura. Por último se sentó en la última silla, en la que sólo
reflejaba su espacio, en esa silla se olvidó de todo lo demás y al cerrar los
ojos miró dentro de su mente una balanza. En esa balanza se representaba la
igualdad de las cosas, en cada lado, sin cargarse de uno u otro se encontraba,
la ambición, la envidia, la codicia, la soberbia, la avaricia, la ira, el
rencor, el odio, el temor, la venganza y todo lo que manchaba al ser humano. En
el otro extremo de esa báscula, se encontraba, el perdón, el honor, la dignidad,
el amor, la esperanza, la humildad, la confianza, la paz, la sencillez y todo lo
que hacia mejor al ser humano; por momentos todo lo que se encontraba en cada
extremo de un lado al otro se mezclaban, se intercambian, uno a uno, otro a otro
se entrelazaban. Se dio cuenta que no podían existir uno sin otro, se confundía
por instantes. Por momentos su mente se nublaba, por momentos, su corazón y su
alma se aturdían y así fue durante días durante noches, tal vez infinitamente
hasta que entendió que esa lucha en su interior él mismo la desataba, solo
comprendió que viviría con esa duda eternamente y en él estaba la balanza
equilibrarla.
La experiencia
Virgilio, cerró los ojos, los abrió fijos en el horizonte y fijó el rumbo sin
rumbo. Su silueta, su mano derecha y a su imagen y semejanza entrelazados de
las manos caminaron y caminaron, Virgilio ya con la experiencia, de lo dorado,
de lo café, de lo gris, de las siluetas semejantes, el papel en blanco, de lo
plateado, del mundo multicolor, del papel, de la madera reverdecida, de la
madera podrida, de la del reflejo del espacio, la de la negrura de la noche y
del rojo anaranjado, siguieron el rumbo sin rumbo, entre estrellas, entre aires,
entre mares, entre ríos, entre lagos, entre flores, entre noches, entre
amaneceres, entre abismos y entre cúspides, Sintieron lo dorado, lo plateado, lo
café, lo gris, el sabor de la madera podrida, el sabor de la madera fresca, lo
negro, el papel en blanco y el aprecio de las siluetas semejantes.
Las alas
Poco a poco vieron que en sus espaldas algo poco a poco crecía, era algo
blanquecino cual copo de nieve, era frágil cual papel, era fuerte como el
viento, poco a poco los elevaba, eran sus primeras alas y con esas alas,
emprendieron el rumbo sin rumbo entre las estrellas, entre lo más profundo de
las nubes y en lo más sublime del cielo, volaron durante horas, durante días,
durante noches, al volar y volar sus alas se expandían al igual sus espíritus,
al igual que sus mentes, al igual que su cuerpos, volaron cada vez más, entre el
brillo tenue de estrellas, entre el brillo fuerte de los astros, se subieron
en cometas, volaron de planeta en planeta, a veces buscando, a veces buscando
nada, a veces encontrando, a veces encontrando nada, a veces, simplemente a
veces.
El llanto
Al abrir los ojos Virgilio, sintió nuevamente el correr de gotas de agua en sus
mejillas, comprendió lo que era el llanto, su silueta, su mano derecha, su
silueta a su imagen y semejanza, tal vez de tanto volar, tal vez de tanto soñar
se sumieron en un cansancio inexplicable, algo desconocido para ellos, en lo
incomprendido, algo no sentido jamás, poco a poco daban pasos, poco a poco
daban de aletazos, poco a poco se acababan, poco a poco se desgastaban, poco a
poco se enfermaban, a veces del alma, a veces de espíritu. A veces de lo físico,
simplemente sentían que su ser se atormentaba, se aferraban a la vida, se
aferraban a vivir cual garra que arañaban las entrañas. Uno a uno, otro a otro,
se debilitaban, comprendieron lo que era vivir en el dolor, en la desesperación,
en la laceración, en la enfermedad. La balanza de la vida los puso dentro de la
vida y de la muerte, entre el comienzo y el fin terrenal, entre poder
comprender, si a veces entre estrellas, entre mares, entre ríos, entre lagos,
entre llantos, se podía pedir a un ser superior. Virgilio sintió que ni sus
gotas de agua, ni sus nuevas alas, tal vez lo podían alcanzar. Echó mano del
tiempo, se aferró de la mano del correr del tiempo, echó mano del camino andado,
se aferró de mano de todo lo soñado, poco a poco, lentamente, con suavidad
fueron sanando, sanando, a veces del alma, a veces del espíritu, a veces de lo
físico, a veces solamente a veces.
La Materia
Virgilio, volvió a cerrar los ojos, los abrió después de un tiempo. Al abrirlos
vio cómo en aquellas sillas, que su cuerpo se llenaba de cosas que lo inundaba
inmensamente, cosas, que saciaban su cuerpo, sintió hambre, vivió siempre del
suspiro del viento, siempre vivió de ilusiones. Esta vez algo al igual que la
sed atosigaba su cuerpo al igual que la sed a su garganta, sentía que quería más
y más, que su cuerpo se llenaba, de todo lo dorado y lo plateado. Sentía que eso
lo atestaba más y más, a su silueta, a su mano derecha y a su silueta a su
imagen y semejanza, al igual que la sed por vez primera sintiera, lo ahogaba en
su propio ser, en su propia hambre. Volvió a buscar en las estrellas, en la
ventisca, en el mar, en el río, en los lagos, en todo lo pasado, más no
encontraba saciar esa hambre a lo dorado y lo plateado; cerró los ojos un
momento a fin de encontrar la respuesta a su voraz apetito. Al abrirlos sintió
que a sus ojos algo lo cegaba y lo cegaba a igual que lo dorado y lo plateado,
logro mirar hacia el horizonte y por vez primera no lo encontró, se vio envuelto
en un inmenso desierto tan luminoso que siempre lo cegaba, lo perturbaba, poco a
poco se hundían en un su propio abismo, se convirtió en el hambre que no podía
saciar, en el hambre que lo deshonraba, en el hambre que lo hacía cada vez más
criminal, en esa hambre que a su cuerpo no lo saciaría jamás, se encerró más y
más en ese desierto que lo hundía en su propio ser, se quería volver loco de
ansiedad, se vio más y más sólo, se dejó llevar por ese resplandor hasta la
saciedad, mas de pronto aquel resplandor se acabó, por momentos quiso otra vez
llorar y llorar, pero aquello que tanto lo deslumbró, que luego lo envileció,
poco a poco y en un suspiro de tiempo, el mismo tiempo puso fin a esa angustia,
sintió y un alivio inmenso, fijó la vista en el rumbo sin rumbo, levantó la
vista, volteó a su derecha, sólo encontró a su silueta, a su mano derecha, a su
imagen y semejanza, ahí solo encontró que otra vez su alimento fue el suspiro
del viento y el poder de la ilusión, a veces por vivir, a veces por existir, a
veces, sólo a veces...
La dureza
Virgilio, se levantó del fango, rompió las cadenas, emergió de las tinieblas,
levantó la vista, miró hacia el horizonte, esta vez fijo su mirada en el
destino, volteó a su derecha, vio a su mano derecha, a su silueta a su imagen y
semejanza, se logro ver, tal vez un poco dentro de sí mismo, vio el reflejo de
sus sienes ya plateadas, abrió los ojos ante el destino, miró que poco a poco se
acortaba, Virgilio, su mano derecha, su silueta a su imagen y semejanza
retomaron nuevamente el rumbo sin rumbo, caminaron durante días, durante noches,
en el espacio, en la tierra, entre estrellas, entre nubes, esta vez desde las
nubes, logro ver que muchas siluetas, contornos con sombras se golpeaban, se
lastimaban, lo rojo anaranjado prevalecía en medio de ellas, existía lo dorado,
lo plateado y la negrura, no lograba comprender la razón de tal visión, mientras
lo dorado y lo plateado se acercaba, contornos a sombras encadenaba, mientras
más y más dorado lo adoraban, más siluetas se mataban, una gama de colores
salían de ellas, rojos, negros, verdes, a veces blancas se elevaban entre
estrellas, una a una tomaban rumbos diferentes, a veces, vagaban sin rumbo, a
veces se precipitaban al fondo de la tierra, a veces, sólo a veces cada una
suspiraba, por vez primera vio de cerca un instante, no sabe cuanto tiempo se
sentó en esa nube, volteó a ver a su mano derecha, a su silueta a su imagen y
semejanza, temió que esa negrura los alcanzara, que esa gama multicolor los
tocara, pasó días, pasó noches, pasó tal vez una eternidad y no lograba
comprender, tan sólo le bastó ver un segundo dentro de él, y comprendió que
estaba en su ser, dentro de él mismo esa razón de ser.
El suspiro de un instante
Virgilio, abrió los ojos nuevamente, miró hacia el horizonte, fijó el rumbo sin
rumbo en un rumbo fijo, su mirada se perdió, tal vez de tanto ver o por lo que
le faltó entender, con lo poco que le quedaba de vista, a imagen y semejanza de
aquél amanecer, vio en el horizonte, el ocaso al igual que aquel, entre la
tierra y el cielo se mezclaba lo luminoso con lo oscuro, sintió que sus alas,
aquellas alas que por vez primera sintiera en sus espaldas, se acrecentaban.
Cerró los ojos, logrando ver dentro de su propio ser en un pequeño instante,
miró dos siluetas que a su imagen y semejanza eran donde el provenía, se vio
envuelto otra vez en sueños líquidos, en un cascaron de miedo, ahora no por
comenzar el camino sino por empezar el nuevo rumbo, volteo a ver a su mano
derecha, a su imagen y semejanza, logro ver que una imagen de vida por vez
primera abría el cascaron y empezaba el rumbo sin rumbo, aquel rumbo sin rumbo
que tanto temía, entendió que lo mejor para él fue abrirlo, vio a su mano
derecha, se entrelazaron de cuerpo y alma, juntos empezaron el nuevo rumbo, sus
alas aleteaban más y más se disiparon los miedos, se disiparon los temores,
por primera vez voló con rumbo fijo, levantó la vista al cielo y fue cuando
Virgilio voló entre el suspiro de un instante.
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